Bailar el trompo.
Lo que comenzó como una invitación a descubrir un juego tradicional paraguayo, terminó convirtiéndose en una experiencia cultural viva en el corazón de Moscú. El taller “Bailar el trompo”, realizado el pasado 26 de abril de 2026, reunió a niños, jóvenes y adultos en una jornada donde la destreza, la curiosidad y la tradición se dieron la mano.
La actividad, organizada en colaboración con la Embajada del Paraguay en la Federación Rusa, no solo cumplió con las expectativas: las superó. La participación activa del público, la interacción constante y el entusiasmo en cada intento por “hacer bailar” el trompo evidenciaron el impacto de una propuesta que trasciende generaciones y fronteras.
Durante el encuentro, los asistentes no fueron simples espectadores. Desde los más pequeños hasta los adultos, todos se animaron a tomar el trompo, aprender a enrollar la cuerda y lanzarlo al suelo con precisión. Algunos lograron hacerlo girar en pocos intentos; otros descubrieron que detrás de la aparente simpleza del juego existe técnica, paciencia y coordinación.
Uno de los momentos más celebrados fue cuando los participantes comenzaron a dominar los primeros trucos: levantar el trompo en la mano mientras giraba o mantenerlo en movimiento el mayor tiempo posible. Ahí, la expresión paraguaya “hacer bailar el trompo” cobró sentido real, transformándose en un pequeño espectáculo de equilibrio y control.
El taller fue guiado por el instructor internacional paraguayo William Bonifacio II Díaz Bertolini, quien, con más de dos décadas de experiencia en la docencia, logró conectar rápidamente con el público. Su enfoque didáctico y cercano permitió que cada participante encontrara su propio ritmo en el aprendizaje.
A su lado, el acompañamiento institucional de Richard Gamarra, Primer Secretario y Jefe de la Sección Cultural de la Embajada del Paraguay, reforzó el valor del evento como puente cultural entre Paraguay y Rusia.
Más allá de la técnica, el taller dejó una enseñanza clara: los juegos tradicionales no son reliquias del pasado, sino herramientas vivas para compartir cultura, fortalecer vínculos y aprender haciendo. En cada giro del trompo, hubo historia, identidad y, sobre todo, un lenguaje universal que no necesitó traducción.
La jornada cerró con sonrisas, nuevos aprendizajes y una certeza: incluso a miles de kilómetros del Paraguay, un simple trompo puede seguir bailando y uniendo culturas.

